sábado, febrero 9

Haruki Murakami, Al sur de la frontera, al oeste del sol.

"Cuando le sirvieron el cóctel, tomó un sorbo. Luego cerró los ojos. Como si aguzara el oído para poder precisar la procedencia de un rumor casi imperceptible. Al cerrarlos, pude ver aquella pequeña línea sobre sus párpados.
—¿Sabes, Hajime?, he estado pensando mucho en los cócteles de este bar. Me apetecía tomarme uno. Los cócteles de los otros lugares son distintos.
—¿Has ido lejos?
—¿Por qué lo dices? —preguntó Shimamoto.
—Porque me da esa impresión —respondí—. Exhalas ese aroma. Aroma a haber estado largo tiempo en un lugar muy lejano.
Ella levantó la vista y me miró. Asintió.
—¿Sabes, Hajime?, durante mucho tiempo, yo... —empezó a decir, pero enmudeció como si, de repente, recordara algo. Me quedé mirando cómo buscaba las palabras en su interior. Pero, al parecer, no las halló. Apretó los labios y volvió a sonreír—. Lo siento. Hubiese tenido que ponerme en contacto contigo. Pero prefería dejar las cosas tal como estaban. Mantenerlas en un todo o nada. Venir o no venir. Cuando vengo, vengo. Cuando no vengo..., estoy en otra parte.
—¿Y no hay un término medio?
—No, no hay un término medio —dijo—. En esto no puede haber lugar para el compromiso.
—Y donde no hay lugar para el compromiso no puede haber un término medio.
—Exacto —dijo—. Donde no hay lugar para el compromiso no hay un término medio.
—De la misma manera que, donde no hay perro, no hay perrera.
—Exacto. De la misma manera que, donde no hay perro, no hay perrera —dijo Shimamoto y me miró con extrañeza—. Tienes un sentido del humor muy curioso, ¿no?"


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