sábado, agosto 25

Ana Isabel Conejo - Atlas

SÓLO VÍCTIMAS

Déjame que te cuente las ofensas del mundo: las altas cordilleras oponiendo sus siluetas frágiles contra un humo incesante de rapiña y de muertos, los glaciares azules profanados de restos de basura; déjame que te hable de la estela aceitosa de los barcos mercantes, de las sucias espumas de las aguas fecales en las que se alimentan los flamencos. Yo los he visto. Aves rosadas, tan hermosas que te lloran los ojos al mirarlas, como al mirar un cielo de poniente. Ponen huevos enfermos. Y esos niños de África con su triste ropaje de huesos prominentes, hijos de nuestro miedo. Mientras desde muy lejos nos exhortan a rodar silenciosos en grandes coches de motor alemán, a borrar nuestro olor con aerosoles que dejarían ciega a una gaviota. Cifras. Nos suministran datos comparativos de las últimas décadas. Como si así pudieran explicarnos por qué hace ya dos años que no anida en mi casa la sírice gigante, por qué el viento de marzo no huele como siempre. Y lo peor es que ya no hay verdugos: sólo víctimas. Sólo aterradas víctimas culpables. Animales enfermos que intentan protegerse refugiándose en un hipermercado, yendo a clases de bailes de salón…

MASHKAN-SHAPIR

Mesopotamia es sólo un arañazo de oro en la superficie del desierto, un nombre griego, llaga de agua y palmeras entre el polvo y la sed,

pero ese nombre esconde multitud de Venecias muertas entre las dunas.

Sabemos de una de ellas: Mashkan-Shapir. Tres puertas. Los canales hundían su esqueleto de lluvia en los blandos aluviones del Tigris. Había un templo al dios de la muerte y otro al sol. Extraño culto doble a la ardiente evidencia del ser y su reverso.

Quién sabe si en sus casas se oirían los pájaros. O qué reptiles casi transparentes dormitaban inmóviles al calor de sus muros, qué insectos atraídos por la oscura promesa de la sangre se agazapaban en sus lechos, cuántas veces se echaron a perder en las cestas los frutos corrompidos por el verde polvoriento del moho,

Quién iba por las tardes al jardín de palmeras junto al muro del norte, o qué palabras sonarían más dulces en sus labios, cómo se sonreía un poco el pescador más joven al clavar sus arpones en el cuerpo de plata de los peces fluviales, qué refrán repetían las abuelas acerca de la sed

Nunca los muertos estuvieron tan muertos

tan a merced del viento

tan perdidos…


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