sábado, marzo 24

Dialogos con Leuco

EL INCONSOLABLE


El sexo, la embriaguez y La sangre remitieron siempre al mundo subterráneo y prometieron a más de uno beatitudes ctónicas. Pero el tracio Orfeo, cantor, viandante en el Hades y víctima lacerada como el mismo Dionisio, valió más.



(hablan Orfeo y Bacante)



Orfeo: Ocurrió así. Subíamos por el sendero entre el bosque de las sombras. Ya estaban lejos Cocito, la Estigia, la barca, los lamentos. Se entreveía sobre las hojas el resplandor del cielo. Sentía a mis espaldas el roce de sus pasos. Pero yo estaba aún allá abajo y tenía encima aquel frío. Pensaba que un día tendría que regresar, que lo que fue será otra vez. Pensaba en la vida con ella, como era antes; que se acabaría de nuevo. Lo que fue será. Pensaba en aquel hielo, en aquel vacío que había atravesado y que ella se llevaba en los huesos, en la médula, en la sangre. ¿Valía la pena que volviera a vivir? Lo pensé y percibí el resplandor del día. Entonces dije "Basta", y me di vuelta. Eurídice se esfumó como se apaga una vela. Oí apenas un crujido, como el de un ratón que huye.
Bacante: Extrañas palabras, Orfeo. Casi no puedo creerte. Se decía que los dioses y las musas te amaban. Muchas de nosotras te seguiamos porque te sabiamos enamorado e infeliz. Estabas tan enamorado que -único entre los hombres- atravesaste las puertas de la nada. No, no te creo, Orfeo. No ha sido culpa tuya si el destino te ha traicionado.
Orfeo: Qué tiene que ver el destino. El destino no traiciona. Es ridículo que después de aquel viaje, después de haber visto de frente la nada, yo me diese vuelta por error o por capricho.
Bacante: Se dice que fue por amor.
Orfeo: No se ama a quien ha muerto.
Bacante: Sin embargo lloraste por montes y colinas, la buscaste y la llamaste, descendiste al Hades. ¿Qué era eso?
Orfeo: Dices que eres como un hombre. No ignoras, entonces, que un hombre no sabe qué hacer con la muerte. La Eurídice que lloré era una estación de la vida. Yo buscaba algo más que su amor allá abajo. Buscaba un pasado que Eurídice no conoce. Lo comprendí entre los muertos, mientras cantaba mi canto. Vi las sombras endurecerse y mirar el vacío, cesar los lamentos, a Perséfone esconder su rostro y al mismo tenebroso-impasible, Hades, ponerse tenso como un mortal y escuchar. Comprendí que los muertos ya no son nada.
Bacante: El dolor te ha trastornado, Orfeo. ¿Quién no quisiera otra vez el pasado? Eurídice casi había renacido.
Orfeo: Para después morir de nuevo, Bacante. Para llevarse en la sangre el horror del Hades y temblar conmigo día y noche. Tú no sabes lo que es la nada.
Bacante: Y así tú, que cantando habías vuelto a obtener el pasado, lo rechazaste y destruiste. No, no puedo creerlo.
Orfeo: Compréndeme, Bacante. Sólo en el canto fue un verdadero pasado. Sólo escuchándome, el Hades se vio a sí mismo. Ya subiendo el sendero, aquel pasado se desvanecía, se hacía recuerdo, sabía a muerte. Cuando salió a mi encuentro el primer resplandor del cielo, me estremecí como un muchacho, feliz e incrédulo, me estremecí por mí, por el mundo de los vivos. La estación que buscaba estaba allí, en aquel resplandor. No me importó en absoluto ella, la que me seguía. Mi pasado fue la claridad, el canto, la mañana. Y me di vuelta.
Bacante: ¿Cómo has podido resignarte, Orfeo? Al regresar, dabas miedo a quienes te veían. Eurídice había sido para ti una existencia.
Orfeo: Tonterías. Muriendo, Eurídice se volvió otra cosa. Aquel Orfeo que descendió al Hades ya no era esposo ni viudo. Mi llanto de entonces fue como los que se tienen de niño y uno sonríe al recordarlos. La estación pasó. Yo buscaba, llorando, no a Eurídice sino a mí mismo. Un destino, si quieres. Me escuchaba.
Bacante: Muchas de nosotras te siguen porque creen en tu llanto. Entonces, ¿nos has engañado?
Orfeo: Oh, Bacante, Bacante, ¿no quieres comprender? Mi destino no traiciona. Me he buscado a mí mismo. No se busca sino eso.
Bacante: Aquí somos más simples, Orfeo. Creemos en el amor y en la muerte, y lloramos y reímos con todos. Nuestras fiestas más alegres son aquellas en que corre la sangre. Nosotras, las mujeres de Tracia, no tememos estas cosas.
Orfeo: Visto del lado de la vida todo es bello. Pero créele a quien ha estado entre los muertos... No vale la pena.
Bacante: Antes no eras así. No hablabas de la nada. Acercarse a la muerte nos hace semejantes a los dioses. Tú mismo enseñabas que una embriaguez trastorna la vida y la muerte y nos hace más que humanos... Has visto la fiesta.
Orfeo: No es la sangre lo que importa, muchacha. Ni la embriaguez ni la sangre me impresionan. Pero es muy difícil decir qué es un hombre. Ni siquiera tú, Bacante, lo sabes.
Bacante: Sin nosotras no serías nada, Orfeo.
Orfeo: Lo decía y lo sé. ¿Pero qué importa? Sin ustedes descendí al Hades...
Bacante: Descendiste a buscarnos.
Orfeo: Pero no las encontré. Quería otra cosa. Que volviendo a la luz encontré.
Bacante: En un tiempo cantabas a Eurídice por los montes...
Orfeo: El tiempo pasa, Bacante. Están los montes, ya no está Eurídice. Estas cosas tienen un nombre, y se llaman hombre. Aquí no sirve invocar a los dioses de la fiesta.
Bacante: Tú también los invocabas.
Orfeo: Un hombre hace de todo, en la vida. Lo cree todo, en los días. Cree incluso que su sangre corre algunas veces por otras venas. O que lo que fue se puede deshacer. Cree romper el destino con la embriaguez. Todo esto lo sé y no es nada.
Bacante: No sabes qué hacer con la muerte, Orfeo, y tu pensamiento es sólo muerte. Hubo un tiempo en que la fiesta nos volvía inmortales.
Orfeo: Disfruten ustedes de la fiesta. Todo es lícito para quien aún no sabe. Es necesario que cada uno descienda una vez a su infierno. La orgía de mi destino terminó en el Hades, terminó cantando a mi manera la vida y la muerte.
Bacante: ¿Y qué quiere decir que un destino no traiciona?
Orfeo: Quiere decir que está dentro de ti, es tuyo; más profundo que la sangre, más allá de toda embriaguez. Ningún dios puede tocarlo.
Bacante: Es posible, Orfeo. Pero nosotras no buscamos ninguna Eurídice. ¿Por qué, pues, descendemos también al infierno?
Orfeo: Cada vez que se invoca a un dios se conoce la muerte. Y se desciende al Hades a arrancar algo, a violar un destino. No se vence a la noche y se pierde la luz. Se debate uno como un endemoniado.
Bacante: Dices cosas malvadas... Entonces, ¿tú también has perdido la luz?
Orfeo: Yo estaba casi perdido, y cantaba. Comprendiendo me he encontrado a mí mismo.
Bacante: ¿Vale la pena encontrarse de esa manera? Hay un camino más simple de ignorancia y de alegría. El dios es como un señor entre la vida y la muerte. Nos abandona a su embriaguez y lo desgarramos o nos desgarra. Cada vez renacemos y él nos despierta como tú en el día.
Orfeo: No hables del día, del despertar. Pocos hombres lo conocen. Ninguna mujer como tú sabe lo que es.
Bacante: Quizá por eso es que te siguen las mujeres de Tracia. Eres para ellas como el dios. Bajaste de los montes. Cantas versos de amor y de muerte.
Orfeo: Tonta. Al menos contigo se puede hablar. Acaso un día serás como un hombre.
Bacante: Si es que antes las mujeres de Tracia...
Orfeo: Di...
Bacante: ...no despedazan al dios.

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