miércoles, marzo 28

Carl Larsson


El día de la Nochebuena, 1892

sábado, marzo 24

Dialogos con Leuco

LA ISLA




Todos saben que Odiseo naufragó, en el camino de regreso, permaneció nueve años en la isla Ogigia, habitada únicamente por Calipso, antigua diosa.



(Hablan Calipso y Odiseo)

Calipso: Odiseo, nada es muy diferente. También tú, como yo, quieres detenerte en una isla. Todo lo has visto y padecido. Tal vez un día yo te diga lo que he padecido. Ambos estamos cansados de un destino tan grande. ¿Porqué continuar? ¿Qué te importa si la isla no es la que buscabas? Aquí ya nada sucede. Hay un poco de tierra y un horizonte. Aquí puedes vivir siempre.

Odiseo: Una vida inmortal.

Calipso: Inmortal es quien acepta el instante. Quien no conoce ya un mañana. Pero si te gusta la palabra, dila. ¿Has llegado, en verdad, a ese punto?

Odiseo: Creía inmortal a quien no teme la muerte.

Calipso: A quien no espera vivir más. Ciertamente, casi lo eres. Tú también has padecido mucho. Pero ¿por qué esa obsesión de volver a casa? Todavía estás inquieto. ¿por qué vas hablando solo entre los escollos?

Odiseo: Si yo partiera mañana, ¿serías infeliz?

Calipso: Quieres saber demasiado, querido. Digamos que soy inmortal. Pero si no renuncias a tus recuerdos y a tus sueños, si no depones tu obsesión y aceptas el horizonte, no te librarás del destino que conoces.

Odiseo: Se trata siempre de aceptar un horizonte ¿Y obtener qué, a cambio?

Calipso: Apoyar la cabeza y callar, Odiseo. ¿Te has preguntado alguna vez porqué también nosotros buscamos el sueño? ¿Te has preguntado adónde van los viejos dioses que el mundo ignora? ¿Por qué, siendo eternos, se hunden en el tiempo, como las piedras en la tierra? ¿Y quién soy yo, quién es Calipso?

Odiseo: Te he preguntado si eras feliz.

Calipso: No es eso, Odiseo. El aire, hasta el aire de esta isla desierta, que ahora solo vibra en el retumbar del mar y el graznido de los pájaros, está demasiado vacío. Y no es que haya nada que lamentar de este vacío. ¿Pero no sientes tú también, a veces, un silencio, un suspenso que es como la huella de una antigua tensión, de una presencia desaparecida?

Odiseo: Entonces, ¿tú también hablas con los escollos?

Calipso: Es un silencio, te digo. Algo remoto y casi muerto. Algo que ha sido y no volverá a ser. Del antiguo mundo de los dioses, cuando un gesto mío era destino. Tuve nombres pavorosos, Odiseo. Me obedecían la tierra y el mar. Después me cansé; pasó el tiempo, no quise moverme más. Algunas de nosotras resistieron a los nuevos dioses; yo dejé que los nombres se hundieran en el tiempo; todo cambió, permaneciendo igual; no valía la pena disputarles a los nuevos el destino. Comprendí entonces mi horizonte y por qué los viejos no habían disputado con nosotros.

Odiseo: ¿Pero no eras inmortal?

Calipso: Y lo soy, Odiseo. Morir no espero. Y no espero vivir. Acepto el instante. A ustedes, los mortales, les aguarda algo semejante, la vejez y el lamento. ¿Por qué no quieres apoyar la cabeza, como yo, en esta isla?

Odiseo: Lo haría si creyera que estás resignada. Pero incluso tú, que has sido señora de todas las cosas, me necesitas a mí, un mortal, para ayudarte a soportar.

Calipso: Es un bien recíproco, Odiseo. No hay verdadero silencio si no es compartido.

Odiseo: ¿No te basta que esté contigo ahora?

Calipso: No estás conmigo, Odiseo. No aceptas el horizonte de esta isla. Y no huyes del lamento.

Odiseo: Lo que me hace lamentarme es parte viva de mí mismo, como lo es de ti tu silencio. ¿Qué ha cambiado para ti desde aquel día en que tierra y mar te obedecían? Te sentiste sola y cansada y olvidaste tus nombres. Nada te fue arrebatado. Eres lo que has querido.

Calipso: Lo que soy es casi nada, Odiseo. Casi mortal, casi una sombra como tú. Es un largo sueño que empezó quién sabe cuándo y tú has entrado como un sueño en este sueño. Temo el alba, el despertar; si te vas será el despertar.

Odiseo: ¿Y eres tú, la señora quien habla?

Calipso: Temo el despertar, como tú temes la muerte. Es eso, antes estaba muerta, ahora lo sé. No quedaba de mí en esta isla sino la voz del mar y del viento. No era un sufrimiento. Dormía. Pero desde que llegaste, trajiste en ti otra isla.

Odiseo: Desde hace tanto tiempo la busco. Tú no sabes lo que es divisar una tierra y entrecerrar los ojos cada vez para engañarse. Yo no puedo aceptar y callar.

Calipso: Sin embargo, Odiseo, ustedes los hombres dicen que encontrar lo perdido es siempre un mal. El pasado no vuelve. Nada gobierna el transcurrir del tiempo. Tú que has visto el océano, los monstruos y el Elíseo, ¿podrías aún reconocer las casas, tus casas?

Odiseo: Tú misma has dicho que llevo la isla dentro de mi.

Calipso: Sí, pero cambiada, perdida, un silencio. El eco del mar en los escollos o un poco de humo. Nadie podrá compartirla contigo. Las casas serán como el rostro de un viejo. Tus palabras no tendrán el mismo sentido para ellos. Estarás más solo que en el mar.

Odiseo: Sabré al menos que debo detenerme.

Calipso: No vale la pena, Odiseo. Quien no se detiene ahora, en este instante, ya nunca se detiene. Lo que haces lo harás siempre. Por una vez, tienes que romper el destino, abandonar el camino, dejarte hundir en el tiempo....

Odiseo: No soy inmortal.

Calipso: Lo serás si me escuchas. ¿Qué es la vida eterna sino aceptar el instante que viene y el instante que se va? La embriaguez, el placer, la muerte no tienen otro fin. ¿Que ha sido hasta ahora tu continuo errar?

Odiseo: Si lo supiera, me habría detenido. Pero tú olvidas algo.

Calipso: Dime.

Odiseo: Lo que busco lo llevo en el corazón, igual que tú.

Dialogos con Leuco

EL INCONSOLABLE


El sexo, la embriaguez y La sangre remitieron siempre al mundo subterráneo y prometieron a más de uno beatitudes ctónicas. Pero el tracio Orfeo, cantor, viandante en el Hades y víctima lacerada como el mismo Dionisio, valió más.



(hablan Orfeo y Bacante)



Orfeo: Ocurrió así. Subíamos por el sendero entre el bosque de las sombras. Ya estaban lejos Cocito, la Estigia, la barca, los lamentos. Se entreveía sobre las hojas el resplandor del cielo. Sentía a mis espaldas el roce de sus pasos. Pero yo estaba aún allá abajo y tenía encima aquel frío. Pensaba que un día tendría que regresar, que lo que fue será otra vez. Pensaba en la vida con ella, como era antes; que se acabaría de nuevo. Lo que fue será. Pensaba en aquel hielo, en aquel vacío que había atravesado y que ella se llevaba en los huesos, en la médula, en la sangre. ¿Valía la pena que volviera a vivir? Lo pensé y percibí el resplandor del día. Entonces dije "Basta", y me di vuelta. Eurídice se esfumó como se apaga una vela. Oí apenas un crujido, como el de un ratón que huye.
Bacante: Extrañas palabras, Orfeo. Casi no puedo creerte. Se decía que los dioses y las musas te amaban. Muchas de nosotras te seguiamos porque te sabiamos enamorado e infeliz. Estabas tan enamorado que -único entre los hombres- atravesaste las puertas de la nada. No, no te creo, Orfeo. No ha sido culpa tuya si el destino te ha traicionado.
Orfeo: Qué tiene que ver el destino. El destino no traiciona. Es ridículo que después de aquel viaje, después de haber visto de frente la nada, yo me diese vuelta por error o por capricho.
Bacante: Se dice que fue por amor.
Orfeo: No se ama a quien ha muerto.
Bacante: Sin embargo lloraste por montes y colinas, la buscaste y la llamaste, descendiste al Hades. ¿Qué era eso?
Orfeo: Dices que eres como un hombre. No ignoras, entonces, que un hombre no sabe qué hacer con la muerte. La Eurídice que lloré era una estación de la vida. Yo buscaba algo más que su amor allá abajo. Buscaba un pasado que Eurídice no conoce. Lo comprendí entre los muertos, mientras cantaba mi canto. Vi las sombras endurecerse y mirar el vacío, cesar los lamentos, a Perséfone esconder su rostro y al mismo tenebroso-impasible, Hades, ponerse tenso como un mortal y escuchar. Comprendí que los muertos ya no son nada.
Bacante: El dolor te ha trastornado, Orfeo. ¿Quién no quisiera otra vez el pasado? Eurídice casi había renacido.
Orfeo: Para después morir de nuevo, Bacante. Para llevarse en la sangre el horror del Hades y temblar conmigo día y noche. Tú no sabes lo que es la nada.
Bacante: Y así tú, que cantando habías vuelto a obtener el pasado, lo rechazaste y destruiste. No, no puedo creerlo.
Orfeo: Compréndeme, Bacante. Sólo en el canto fue un verdadero pasado. Sólo escuchándome, el Hades se vio a sí mismo. Ya subiendo el sendero, aquel pasado se desvanecía, se hacía recuerdo, sabía a muerte. Cuando salió a mi encuentro el primer resplandor del cielo, me estremecí como un muchacho, feliz e incrédulo, me estremecí por mí, por el mundo de los vivos. La estación que buscaba estaba allí, en aquel resplandor. No me importó en absoluto ella, la que me seguía. Mi pasado fue la claridad, el canto, la mañana. Y me di vuelta.
Bacante: ¿Cómo has podido resignarte, Orfeo? Al regresar, dabas miedo a quienes te veían. Eurídice había sido para ti una existencia.
Orfeo: Tonterías. Muriendo, Eurídice se volvió otra cosa. Aquel Orfeo que descendió al Hades ya no era esposo ni viudo. Mi llanto de entonces fue como los que se tienen de niño y uno sonríe al recordarlos. La estación pasó. Yo buscaba, llorando, no a Eurídice sino a mí mismo. Un destino, si quieres. Me escuchaba.
Bacante: Muchas de nosotras te siguen porque creen en tu llanto. Entonces, ¿nos has engañado?
Orfeo: Oh, Bacante, Bacante, ¿no quieres comprender? Mi destino no traiciona. Me he buscado a mí mismo. No se busca sino eso.
Bacante: Aquí somos más simples, Orfeo. Creemos en el amor y en la muerte, y lloramos y reímos con todos. Nuestras fiestas más alegres son aquellas en que corre la sangre. Nosotras, las mujeres de Tracia, no tememos estas cosas.
Orfeo: Visto del lado de la vida todo es bello. Pero créele a quien ha estado entre los muertos... No vale la pena.
Bacante: Antes no eras así. No hablabas de la nada. Acercarse a la muerte nos hace semejantes a los dioses. Tú mismo enseñabas que una embriaguez trastorna la vida y la muerte y nos hace más que humanos... Has visto la fiesta.
Orfeo: No es la sangre lo que importa, muchacha. Ni la embriaguez ni la sangre me impresionan. Pero es muy difícil decir qué es un hombre. Ni siquiera tú, Bacante, lo sabes.
Bacante: Sin nosotras no serías nada, Orfeo.
Orfeo: Lo decía y lo sé. ¿Pero qué importa? Sin ustedes descendí al Hades...
Bacante: Descendiste a buscarnos.
Orfeo: Pero no las encontré. Quería otra cosa. Que volviendo a la luz encontré.
Bacante: En un tiempo cantabas a Eurídice por los montes...
Orfeo: El tiempo pasa, Bacante. Están los montes, ya no está Eurídice. Estas cosas tienen un nombre, y se llaman hombre. Aquí no sirve invocar a los dioses de la fiesta.
Bacante: Tú también los invocabas.
Orfeo: Un hombre hace de todo, en la vida. Lo cree todo, en los días. Cree incluso que su sangre corre algunas veces por otras venas. O que lo que fue se puede deshacer. Cree romper el destino con la embriaguez. Todo esto lo sé y no es nada.
Bacante: No sabes qué hacer con la muerte, Orfeo, y tu pensamiento es sólo muerte. Hubo un tiempo en que la fiesta nos volvía inmortales.
Orfeo: Disfruten ustedes de la fiesta. Todo es lícito para quien aún no sabe. Es necesario que cada uno descienda una vez a su infierno. La orgía de mi destino terminó en el Hades, terminó cantando a mi manera la vida y la muerte.
Bacante: ¿Y qué quiere decir que un destino no traiciona?
Orfeo: Quiere decir que está dentro de ti, es tuyo; más profundo que la sangre, más allá de toda embriaguez. Ningún dios puede tocarlo.
Bacante: Es posible, Orfeo. Pero nosotras no buscamos ninguna Eurídice. ¿Por qué, pues, descendemos también al infierno?
Orfeo: Cada vez que se invoca a un dios se conoce la muerte. Y se desciende al Hades a arrancar algo, a violar un destino. No se vence a la noche y se pierde la luz. Se debate uno como un endemoniado.
Bacante: Dices cosas malvadas... Entonces, ¿tú también has perdido la luz?
Orfeo: Yo estaba casi perdido, y cantaba. Comprendiendo me he encontrado a mí mismo.
Bacante: ¿Vale la pena encontrarse de esa manera? Hay un camino más simple de ignorancia y de alegría. El dios es como un señor entre la vida y la muerte. Nos abandona a su embriaguez y lo desgarramos o nos desgarra. Cada vez renacemos y él nos despierta como tú en el día.
Orfeo: No hables del día, del despertar. Pocos hombres lo conocen. Ninguna mujer como tú sabe lo que es.
Bacante: Quizá por eso es que te siguen las mujeres de Tracia. Eres para ellas como el dios. Bajaste de los montes. Cantas versos de amor y de muerte.
Orfeo: Tonta. Al menos contigo se puede hablar. Acaso un día serás como un hombre.
Bacante: Si es que antes las mujeres de Tracia...
Orfeo: Di...
Bacante: ...no despedazan al dios.

miércoles, marzo 14

Mi futura esposa


Mi futura esposa será como la madre que siempre quise
y a su vez, como la hija que nunca
tendré, esa de ojos buenos y oscuros, profundos
y dulces que de vez en cuando sea ingenua,
y sepa llenar mis lagunas con su risa...
que sea comprensiva y entienda que puede compartirme.

Será lista y un poco vanidosa. Que digo un poco,
bastante vanidosa! Me tendrá paciencia.
Jugará conmigo a ser villano, princesa y payaso
escapando juntos de la casa de muñecas
buscando fresones rebeldes y luego
despertándome al amanecer con su risa en mi cara.

Que sea una bella morena a la que no le importe orden
pero si la cocina. No la dominará la malicia
ni le fastidiará la informalidad
me querrá vagabundo y mendigo inmoral y sucio.

Ella sabrá entender que la amo
(no hace falta repetírselo)
y que en mis días tristes me siento solo en el sillón
y desvario, que abro las puertas y ventanas
para no arrancarme la piel y escapar.


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